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(Imagen: Creada por Dall-E desde Canva con la frase de Foucault que se encuentra al final de este texto.)

Desde que tengo memoria cargo una inquietud que no me abandona y que, por el contrario, ha ido creciendo como una bola de nieve que se vuelve también más pesada: Mi paso por esta vida no debe darse sin dejar un mundo mejor del que encontré. El legado.

Con eso incrustado en mi esencia, como si fuera el motor principal que mueve cada uno de mis pasos, me topé con la frase: no hay peor enderezador que aquel que quiere torcer las cosas a su modo. Y así, la vida misma se ha ido encargando de traer a mi camino las herramientas necesarias para hacerme ver que con cada deseo, con cada acción y cada movimiento, hay ligada una enorme responsabilidad.

La vida me llevó por el camino de la educación, aunque desde una perspectiva más rebelde y cuestionadora de los modelos tradicionales. No porque sean malos, sino porque nos acostumbramos a que fueran los únicos y ya no somos capaces de ver más allá de lo que se nos dicta como norma.

Aprendí que todos somos educadores y que cada acción, cada reacción y cada movimiento que realizamos, educa a otros. Somos formadores de modelos mentales, indirectamente de quienes nos observan y directamente de aquellos que están a nuestro cargo.

La crianza, la educación de terceros, trastocar la consciencia y la cognición de otros, es lo que elegí -o lo que me tocó- y es una enorme responsabilidad. Por ello, constantemente me estoy observando para tratar de controlar impulsos. La metacognición se me ha vuelto algo automático. Sin embargo, en ocasiones he fallado y he explotado. Aprendí que las personas de las que nos rodeamos, sus modelos mentales, su forma de representar la vida, nos influyen. Somos entes sociales y al formar parte del mismo círculo, nos convertimos en parte del mismo sistema, por lo que aunque conscientemente queramos proteger nuestros valores y creencias, el sistema genera sistema y terminaremos por accionar igual que las personas cercanas a nosotros.

Por esa razón, tengo un círculo muy pequeño de amigos que admiro en obra y palabra. Ellos, quienes te recuerdan que errar es un tropiezo y que corregir el camino para retomar la misión es lo importante.

Con la misión clara, no importa dónde estemos; la gobernanza propia define las reglas, los estándares y los procesos del juego. En lo laboral, lo familiar y hasta en la elección de pareja. Ahí radica la disciplina, el llamado por un futuro descentralizado y autodirigido con visión comunitaria.

Michel Foucault me recuerda todo esto en una frase: “No hay lugar donde más se ejerza el poder que en la construcción de nuestra subjetividad autónoma.”

Algunos entenderán, también: Cibernética y sistemas de complejidad.
Y sobre el legado… descubrí que es el proceso, no la meta.
Mi legado no será un monumento estático, sino las ondas que mis acciones generen en aquellos con quienes me cruzo, que a su vez crearán sus propias ondas. Efecto dominó, le llamo. Comienza en pequeño. Entender esto ha transformado mi ansiedad por «dejar huella» en la apreciación por el privilegio de vivir el momento y de respetar con paciencia la vida propia de este sistema interconectado de crecimiento compartido. El verdadero cambio no es un destino, sino el viaje mismo.

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